16.11.11

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Sólo soy una niña con mil caprichos aleatorios. Una niña.

Quiero que entiendas (porque es importante) que desde hace un tiempo mi fuerza vital y todos sus sinónimos pomposos se rigen, casi exclusivamente, por pequeñas victorias.

"Pequeñas" en este caso no es más que una manera de englobar un número indefinido de adjetivos tales como "absurdas", "inútiles" o "irracionales". Pensé que tal vez sería un poco engorroso escribirlos todos.

Pequeñas victorias, sí. Retos enanos de esos que, a simple vista, resultan insultantemente alcanzables. Los retos grandes están ahí siempre y, normalmente, ya se ocupan los demás de adjudicármelos así que no diría que el placer sería mío de llegar a alcanzarlos. De esta manera debes comprender que la única alternativa que me queda es buscar objetivos ridículos.

Ser amable con las personas que me atienden en los establecimientos, mantener una conversación distendida pero no superflua, no pisar las líneas blancas del paso de peatón, ganar al ajedrez, conseguir una sonrisa de algún usuario en el tranvía, descubrir algún mensaje secreto en una canción, transportarme a un recuerdo exacto, mirar directamente a alguien hasta que te devuelva la mirada, obtener un beso inesperado, conseguir que la leche y el cacao queden en su proporción justa, encontrar a alguien con quien tomar un café, que la cama esté fría al acostarme para poder calentarla, llevar un paraguas por la calle y no utilizarlo, saber cuál es el superhéroe y supervillano favorito de todos mis conocidos.

Pero sobretodo... las concesiones.

Concesiones pequeñas también, claro. Pedir un abrazo, un momento, una caricia, una palabra, un beso, una opinión, una compañía en concreto, un te quiero. Cosas nunca demasiado imposibles de conceder. Nunca demasiado sacrificadas pero de una importancia abisal.
Tanto es así que, tras pedir el objeto de mi necesidad, todo lo que soy o he sido hasta ese momento se encoge en un rincón de mis ojos suplicantes, y tiembla sin poder detenerse esperando el desenlace.

Cuando la concesión ocurre estalla algo endemoniadamente cálido desde el fondo de mi mirada color barro viejo. Algo que me cubre y, sencillamente, me calma. Por completo. Durante un momento nada me perturba, nada puede vencerme. Y por eso es como una droga. Esa sensación una vez que la concesión termina se marcha con una mueca. Y sólo quedo yo entonces. Es horrible.

Si la concesión no ocurre... es algo peor que quedar sólo yo. Mi pequeño fracaso, en ese momento, se extiende. El temblor de todo lo que me compone es insoportable. Me tiemblan los dientes, las pestañas, los labios y los ojos. Todo se empapa de ese pequeño fracaso y se estira hasta quedar sujeto sólo por un hilacho descarriado. A punto de romperse. Mis pequeños fracasos, mucho más grandiosos y eficientes que mis pequeñas victorias, se suceden a lo largo del día y me rompen el corazón. Con golpes diminutos que lo hacen latir despacito para no hacer mucho ruido.

¿Lo entiendes? No es gracioso. Porque puede que sea una niña con mil caprichos aleatorios, pero si no cuidas tú de la integridad de mis pequeñas victorias te prometo que no sé quién se supone que va a hacerlo.








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