15.3.12
Hacerlo mal.
El universo resulta tan pesado que mantener los ojos abiertos se convierte en una tarea titánica. Él la mira a los ojos, como intentando anclarse con amarras inocuas.
- No puedo - dice finalmente, bajando la mirada hasta el infierno que se extendía más allá del final de la conversación.
Y ella, impasible en sus ojos oscuros se quebró un poco más, endureciéndose de puras mellas. Su mirada atraviesa el chico que no se echa a temblar por puro miedo.
- En ese caso lo diré yo - vuelve a susurrar , y con el último halo de su voz en muchos años lo sentencia - Hemos terminado.
Entonces, tal como había venido siete años antes en aquel baile de máscaras (siete años más bella tal vez) da media vuelta y se va.
Para nunca.
27.2.12
(Ella&Ella&)Él
Antes de que pueda saber de dónde ha venido el silencio ya lo ha cubierto todo.
Estamos a mil años luz, separados sólo por esa mirada tuya que me atraviesa y puede ver a través de mí, por la simple insignificancia que supone mi existencia.
Frente a la suya. La suya...
Porque amarte, era estar sólo. Siempre sólo.
7.2.12
Viviéndote.
Suena la alarma. Abro los ojos y ahí estás, apenas a unos centímetros de mí. Maldita sea... Alargo la mano, atrapo el móvil y me encandilan las 7.56 en la pantalla. Me pregunto si habré dormido más de cuatro horas. Cierro los ojos, tu olor está tan cerca y la cama tan cálida... Cuando acabo de pestañear de pronto son las 8.12 y te siento ahí aún, tu belleza casi duele. Me estiro y disfruto del ritmo de tu respiración pausada. Quiero cerrar los ojos otra vez...
Suelto un puñado de maldiciones y salgo de la cama como un resorte, como siempre. No puedo evitar pensar que si no me levanto de golpe nada en el universo impedirá que me abrace a ti y no me mueva jamás. Busco mi ropa por el suelo de tu habitación mientras me recorre el primer escalofrío del día recordando cómo la perdí hace apenas unas horas. No puedo hacer otra cosa, sonrío de medio lado(ya sabes, cariño, esa sonrisa mía de medio lado de pensar en tu desnudez).
Antes de ir al baño me paro en la puerta. Tú ya te has dado la vuelta y, como por inercia, ocupado la totalidad de la cama hecha un ovillo. Tu voz aún dormida me pide que te abrigue (¡quiero pensar que hace frío en la cama sin mí!) y me derrito, dejando un rastro de caracol adormecido por el pasillo.
En el espejo del baño la realidad me despierta lentamente. El espejo dice que mi cara es un completo desastre y mi pelo, como es natural, no tiene ninguna clase de sentido lógico perteneciente a este universo. Me examino, despacio, de nuevo desnuda. Hay marcas del caminar de tus labios aquí y allí, como marcando un mapa en mi cuerpo. Las acaricio, con las puntas de mis dedos, y mi piel, que tiene memoria propia, sabe que en cierto modo ahí estás tú. Segundo escalofrío del día y sigo a doce pasos de ti. Termino en el espejo, me visto, me lavo la cara y ya estoy despierta del todo. Maldita sea...
Vuelvo a tu habitación. La claridad de la mañana se cuela por los resquicios de tu ventana, y por la puerta, pero la atmósfera sigue siendo mágica. Huele a ti, a mí, a amor, a sexo. Huele a vida, en la más plena extensión que la palabrita de cuatro letras ha podido poseer jamás. Mientras recojo mis cosas, dividida entre la ternura y el fastidio de tenerme que ir, casi siento el calor que hay bajo tus sábanas (mi lugar en el mundo).
Me acerco a ti despacito, acariciándote por encima de esa manta tan grande que me gusta tan poco para infundirte algo del calor que me falta ahora que no nos mezclamos. Me inclino y te beso, una, dos, tres, cuatro veces en la sien y, una vez que te giras con tus labios fruncidos de tener mucho sueño, también en los labios. Me despido con voz suave y me pregunto si te das cuenta de que gran parte de mi amor, hecho sonido, se me escapa de entre los labios. Eres tan bonita...
Me deseas un buen día y tu te quiero va desde tu boca hasta muy dentro de mí antes de cerrar la puerta de la habitación. Me apoyo en ella, y de pronto en mi cabeza se mezclan imágenes de anoche. Dulces, intensas, suaves.
Tu cuerpo y mi cuerpo, que se entrelazan de todas las maneras que podrían hacerlo. Tus manos, tus labios y tu lengua. Tus dientes, mi piel que se expande y tiembla con tu contacto. Tu voz en mis labios y la mía en tu oreja, distraída. Susurros, risas, confesiones y gemidos. Amor y vida, claro, en la más plena extensión que la palabrita de cuatro letras ha podido poseer jamás. Tercer escalofrío del día.
Cierro la puerta de tu casa con firmeza, para que nada ni nadie pueda entrar a robarte el sueño en mi lugar en el mundo (bajo tus sábanas).
8.1.12
Las palabras escondidas.
Mi cielo se componía por miles de ovejas negras gigantes abrazadas. Tejiendo una red de algodón entre la cual se colgaba esa Luna que a base de ser tu preferida crees que me disgusta.
Quiero aparecerme a tu lado. Ahora mismo. Para describirte el cielo tal y como lo veía mi mirada de pensar en ti de reojo.
Porque realmente estaba precioso mi cielo hoy y yo del tuyo no sé nada.
Mi chica tiene la sonrisa radiante. Cuando (su sonrisa) recuerda lo enamorada que está de mí parece querer salir de su cara a besarme. Tiene lunares en ambos hombros. Se llevan muy bien con mi cabeza de querer reposar en su respirar suave. Su voz es un bálsamo. Sube y baja en ondas siempre cargadas de actividad. Sólo mengua despacito cuando me llama vida. Me llama vida, sí. Para calmarme. Para llenarme por dentro cuando me vacío en algún descuido.
20.12.11
13.12.11
8684728596082748572910403
Está de pie, con los brazos cruzados, y cuando me ve se acerca a la carretera hace un gesto de autostop, con una sonrisa.
Durante un momento me paso la mano por la barba incipiente, planteándome la idea de seguir de largo y escapar de esta locura, pero termino parando el coche junto a él.
Entra en el coche, cae en el asiento despreocupadamente y cierra la puerta con suavidad, como si de un rito se tratara. Él y sus dieciséis que parecen catorce, su pelo rubio sin control y su sonrisa de niño maleducado. Por un momento me pesan mis veinticinco, recién cumplidos, pero al momento se gira, y me dedica una de esas sonrisas que le iluminan los ojos, grandes y negros, espantando todos los fantasmas.
- Hola – me dice, alegre
Desdibujo mi cara de pócker con una media sonrisa, en forma de saludo, y cuando piso el acelerador le pregunto:
- ¿A dónde quieres ir?
No dice nada, se pone a buscar alguna emisora, moviendo la rueda de la radio con rapidez. Me escruta un momento, como sopesando mis gustos, y al final se decide por algo de pop. No es lo más acertado, pero podría ser peor, así que me permito reír suavemente, mientras él mueve la cabeza al ritmo de la música. Salimos de lo gris de la ciudad, así que le piso un poco más, y ahora que ha abierto la ventanilla el pelo rubio se le mueve con el aire. Con una mano gira la ruedecilla hasta que el volumen de la radio está al máximo, y con la otra juega, por la ventanilla. Casi sonrío cuando empieza a cantar a todo pulmón el estribillo de la canción, y él lo nota, porque se prende de mi esbozo de sonrisa, y me grita para oírse por encima de la música:
- ¡Hoy quiero que me lleves a donde se cumplen los sueños!
Conduzco un buen rato, pendiente de sus movimientos inquietos por pura inercia. Me mira, se pierde por la ventana y cambia de canción a partes iguales.
Llegamos. Aparco el coche justo al lado del mirador de madera, y cuando yo me estoy quitando el cinturón de seguridad él ya está completamente asomado, gritando de asombro.
Me acerco hacia él, desde aquí se puede ver la pequeña playa de arena blanca, bañada un tranquilo mar azul celeste.
- ¡Este sitio es increíble! – admira, girándose para sonreírme.
Yo no le digo nada, pero me pierdo en sus ojos negros, por un momento.
- ¿Quieres bajar? – pregunto, señalando la escalera de madera que lleva hasta la playa.
- No he traído bañador – sonríe, y es más una advertencia que una pega.
Se me adelanta y baja a saltos, lleno de energía, mientras yo busco una toalla en el coche.
Bajo despacio los escalones, y el sonido de la madera crujiendo se pierde entre las olas y su risa de niño impaciente.Tarda nada en desvestirse y correr hasta el agua.Yo, por mi parte, extiendo la toalla en la arena, me quito la camisa y me siento abrazándome las rodillas, observándolo.
- ¡Joder, esta helada! – se queja, huyendo de una ola.
Me dan ganas de reírme, pero los escalofríos que me dan el viento y el mirarlo no me dejan. Duda un momento, pero de buenas a primera echa a correr dentro del agua, para terminar de cabeza en una ola. Sale soltando una mezcla entre una maldición y una risa, y mueve la cabeza para apartar el pelo mojado que cae sobre su cara. Se gira para mirarme y levanta un brazo, haciéndome señas para que vaya.
- ¡No está tan mal! – me chilla, riéndose – ¡Vamos!
- ¡Ven tú! – replico, sonriendo levemente.
El corre hacia mí, sin esperar más de dos segundos, y le hago un hueco en la toalla para q se siente. Su piel congelada roza la mía y me estremezco de pies a cabeza.
- Estás congelado – gruño en broma, apartándole el pelo de la cara con un gesto.
- Qué quejica estás hecho – se burla, tomando la mano.
Yo la aparto con suavidad y miro al mar batiente, de nuevo serio. Lo escucho suspirar, y moverse hasta quedar tumbado.
Me quedo abrazándome las rodillas un poco más, para luego ponerme en pie y acercarme a la orilla. El sol está escondido entre las nubes y con el rabillo del ojo veo como el se incorpora a observarme.
El viento me revuelve el pelo, y la arena me golpea el costado. El grito de las gaviotas se revuelve a lo lejos y el mar no deja de rozar mis pies. Tengo ganas de llorar y no sé cómo, ni por qué. Tengo ganas de ir hasta él y perderme en sus labios, pero hay algo que me clava los pies en la arena fría y blanca, algo que me hace sentirme más pequeño que nunca, algo que me golpea en el estómago y me enternece a la vez.
En ese momento él está ahí, justo a mi lado, y me mira de frente, directamente a los ojos.
- ¿Qué te pasa, eh? – pregunta, serio.
Tan serio… Yo doy un paso atrás, y mis pantalones se mojan hasta las rodillas.
Él me acompaña en el paso, y vuelve a preguntarme, aunque esta vez su voz se rompe.
- ¿Qué te pasa? – doy otro paso hacia atrás, me llega el agua a la cintura - ¿No entiendes que podemos ser felices?
Llevo una mano hacia su mejilla, y le limpio las lágrimas.
- ¿No entiendes que podemos ser felices? – repite, en un susurro.
Me quedo prendido de sus ojos, y él en vez de limpiarme las lágrimas me besa, avanzando la cabeza sólo un poco, rozándome los labios casi sin querer, tan lento que puedo decir que el tiempo se ha detenido. Hemos viajado a años luz, y ahora no estamos en la playa, sino en aquel parque donde nos vimos aquella primera vez. Y la luna redonda mece aquellas palabras de entonces.
Pero pronto separa sus labios de los míos y vuelvo a oír sollozos del mar, y él me abraza porque tiemblo aunque ya no tengo frío, y me acaricia el pelo ahora que el agua me llega hasta el pecho y las olas nos acercan a la locura.
- ¿No entiendes que tú eres el lugar donde los sueños se cumplen?
