21.7.12

"Espera un momento, ...

... quiero contarte que me calmas. Antes de que hables, es necesario decírtelo para que entiendas por que te busco y te miro así. Me das paz, tranquilidad. Me subo al coche y esa media sonrisa adormilada que ofreces a todas horas me hace sentir como en casa. Te pones las gafas de sol violetas y las detesto con todas mis fuerzas, pero ese gesto de echarte el pelo hacia atrás probablemente me roba el aliento. Pero sobretodo es tu voz. Ese tono pausado, calmado y a mil años luz de mí que hace balancearme sobre las puntillas con una sonrisa colgada de los labios. Tu voz, sin duda. Es que me calmas. Me calmas, me calmas tanto... Es como si supiera que hay demasiado detrás de tu tono de voz tenue como para pensar en lo que hay tras mis silencios. Porque también me intrigas, sí. Y tenía que decírtelo. Debía decírtelo. Y ahora arranca de una vez el coche y falla intentando poner la música que me gusta, pero no me digas nada. Déjame hablar a mí. Déjame contarte que eres mi paz... Y luego ya hagamos como si no nos miráramos a media luz"

12.7.12

Nietzsche sobre Heráclito.

"¿Existe culpa, injusticia, contradicción y dolor en este mundo? ¡Sí!, exclama Heráclito, pero sólo para el hombre de inteligencia limitada que ve únicamente lo separado, y no la unidad; y no para el dios. Para éste, todas las cosas y sus contrastes, los contrarios, no conforman más que una totalidad armónica, invisible para el ojo del hombre común pero comprensible para quien, como Heráclito, es semejante al dios contemplativo. Ante su ardiente mirada no queda ni una gota de injusticia en el mundo que se expande a su alrededor; incluso Heráclito superará aquella dificultad cardinal (¿cómo es posible que el fuego puro pueda adoptar formas tan impuras?) mediante una metáfora sublime. Un regenerarse y un perecer, un construir y destruir justificación moral alguna, sumidos en eterna e intacta inocencia, sólo caben en este mundo en el juego del artista y del niño. Y así, del mismo modo que juega el artista y juega el niño, lo hace el fuego, siempre vivo y eterno; también él construye y destruya inocentemente; y ese juego lo juega el eón "consigo mismo". Metamorfoseándose en agua y en tierra, lo mismo que un niño construye castillos de arena junto al mar, un fuego eterno construye y destruye y de época en época el juego comienza de nuevo. Un instante de saciedad; luego, otra vez le acomete la necesidad tal y como al artista le oprime y le obliga el deseo de crear. No es el ánimo criminal suscitado por la saciedad sino el animo incesante de jugar el que da vida nuevamente a los mundos. El niño se cansa de su jueguete y lo arroja de su lado o de inmediato lo toma de nuevo y vuelve a jugar con él, según le dicta su libre capricho. Mas en cuanto construye, no lo hace a ciegas, sino que ensamba, adapta  edifica conforme a leyes, siguiendo un patrón, y conforme a un orden intimo. "


Friedrich Nietzsche: La filosofía en la época trágica de los griegos. 











27.6.12

De silencios.







Nunca he hablado de esto con nadie. No puedo. No sé. ¿De qué serviría? Nadie va a arreglarlo. Nadie puede recomponer vidas. Nadie... Ni si quiera contigo. Sobretodo contigo. 


Nunca he hablado de esto con nadie, pero eso no quiere decir que se haya marchado. No. Ni un sólo segundo se ha ido. Sigue aquí clavado desde el día en que desperté. Y sé que la manera en la que el mundo cayó sobre mí me ha roto. Tengo veinte años y ya me he acostumbrado a vivir rota. Jamás podré ser una chica normal con rarezas. Lo sé de buena tinta.


Mi mente, que a veces piensa más en mí que yo misma, suele evitar el tema. Sale por otros derroteros.Imagina haber vivido en un mundo en el que nada de eso fuese la realidad y llega a creérselo.
Pero esta noche es muy cruda y no puedo olvidar todas mis pequeñas muertes puestas una tras otra.


Nunca he habado de esto con nadie.
Y probablemente el día que lo haga me hunda, sin retorno.
Esta vez ni tú podrás revivirme.











20.6.12

Trastabillemos

Antes de que nos diéramos cuenta sucedió. Mientras buscábamos escusas para mirarnos a los ojos. Mientras tratábamos de apartar el amor a pequeños soplidos para que no desbordara en el pecho aquella noche de caricias necesarias.
Sucedió.
Se acababa el verano, y me encontré respirándote sólo a ti.

12.6.12

Máxima forma de dolor.



- Me enfermas.


(Se hunden las costillas, se desvanece la mirada. La lengua queda mustia y los dedos tamborilean con su propia sangre. Duermen las noches turbias de morir en pesadillas. Tropiezan los dientes con la carne y se mezclan. Se desgarran las ánimas).



6.6.12

Imborrable.

Eme,


Podría mirarte durante un tiempo infinito. Recorrerte con los ojos hasta que tú, y todo lo que representas, se quede gravado a fuego en mis pupilas, imborrable. Hasta que entre muy dentro de mí y engrandezca aún más el hueco que te has hecho en mi cabeza y del que posees tú la única llave. Imborrable tú y tu mirada de miel. Imborrable sí, como el delicioso descender de tu vientre y el andar despreocupado de todo las curvas desdibujadas que envuelven tu cuerpo. Imborrable casi como la línea desde tu hombro a tu clavícula, la forma de tus pechos en tu caja torácica o el peligro implícito en la calidez de tus labios. Imborrable toda tú, mi compañera, idea de belleza en el mundo inteligible.


Por ahora, sin embargo, me limitaré a mirarte en esta mañana de finales de mayo. Haré recuentos de los lunares que surcan tu espalda a base de besarlos uno a uno. Dejaré de mensaje en tu piel uno de los abrazos que llevo guardando toda mi vida para tu cuerpo desnudo. 


Eme,


Podría entregarte todos mis días, si tú me lo pidieras. Casi agradecida te los metería en un frasco pequeño cubierto de papel de celofán color chocolate. Y así observar como se desvanece nuestra caduca juventud e ir memorizando las arrugas que se formen para escribir en braille en tu cuerpo cómo pasa el tiempo y cómo cambiamos. Cómo a pesar de todo sigues aquí. Conmigo. Te los daría, sí. Y sé que no perdería mi dicha mientras decidieses guardarlos cerca de ti. Te entregaría todos mis días con la única condición de que desees llevarlos siempre contigo. 


Pero no voy a hacerlo. No voy a darte todos mis días, porque sé que es una cuenta demasiado grande como para quedarse entre todos los pensamientos que vienen y van en la estación de tu cabeza, siguiendo la marcha por los raíles. Porque el concepto de perenne cayó hace mucho de nuestra existencia.


Así que sólo voy a darte todos estos días. Nada menos. Nada más. Te daré los mejores años de mi vida, sin dudar un sólo instante. Pero no por ti, pero no para que decoren tu existencia. Te daré los mejores años de mi vida sólo para poder decir después (a la llegada inminente de la supervivencia a través de los recuerdos) que no puedo hacer nada con ellos porque son tuyos. Te pertenecen por derecho. Y aunque cambies y al nacer cada mañana encuentre en mi cama a una criatura diferente, jugaré a buscarte entre cada una de tus reencarnaciones. Al alba, ni un minuto más tarde. Para abrazarte con fuerza y poder susurrarme que eres mía. 


Las dos sabemos que para encontrarte de entre toda tú sólo tengo que existir.






Pe.

2.5.12

Y era yo.

Mi chica es una de esas personas, que no se sabe el sabor de yogur de frutas favorito de su pareja, sí.


Pero también es de esas personas que, para compensarlo, compra yogures de macedonia.


Y yo, a veces tonta y a veces perdida, soy una de esas personas (de las cientos que va dejando a su paso) que se enamora de cada una de las cosas que hace. 


(Sin embargo, por algún motivo, ha comprado los yogures para mí...)





[...]

Y nunca te equivocaste, 

más que una vez, una noche        
que te encaprichó una sombra 
-la única que te ha gustado-. 
Una sombra parecía.        
Y la quisiste abrazar. 
Y era yo.

P. Salinas