... pensar en ti y en John Deacon (el mejor bajista de todos los tiempos) y quizá masturbarme o liarme un cigarro antes de ser consciente de nuevo de que la resiliencia se me resiste.
18.3.13
23.2.13
Frío.
Y quizá sonreír un poco y pensar que podemos salvarnos si hace frío y estás cerca.
Más cerca, claro. Más cerca siempre.
14.2.13
Mental.
Me morderé los labios hasta que queden sellados con cera roja.
Me abrazaría las rodillas, quizá.
Voy a callarme para siempre, es lo más justo.
Y el silencio en el fondo es divertido, siempre devuelve el eco.
Quizá esté un poco "mental" ya. Mental. Mental. Me gusta cómo suena.
Me duele el pecho.
Me duelen los ojos.
Me duele el hombro.
La cera roja no duele. Me hará impune al paso del tiempo.
Respirar es sencillo, sólo se trata de seguir aquí.
Mi cabeza es pequeña, siempre tropiezo con sus paredes.
Mental.
Mental.
Mental.
Ve.
Me abrazaría las rodillas, quizá.
Voy a callarme para siempre, es lo más justo.
Y el silencio en el fondo es divertido, siempre devuelve el eco.
Quizá esté un poco "mental" ya. Mental. Mental. Me gusta cómo suena.
Me duele el pecho.
Me duelen los ojos.
Me duele el hombro.
La cera roja no duele. Me hará impune al paso del tiempo.
Respirar es sencillo, sólo se trata de seguir aquí.
Mi cabeza es pequeña, siempre tropiezo con sus paredes.
Mental.
Mental.
Mental.
Ve.
[Ella&] Ella [&Él]
Fuera llueve. Aquí dentro sólo hace el suficiente frío como para estar acurrucados en el lado de la cama junto al pequeño calefactor. Yo estoy desnuda y tú, como siempre, recorres mi cuerpo como si fuera un paisaje nuevo, como si tus huellas dactilares y tus labios no se lo supieran de memoria. Te doy la espalda, tendida sobre el costado.
Me acaricias y sé lo que estás pensando cuando me sujetas con firmeza por el hueso de la cadera para girarme hacia ti y alcanzarme los labios. Sé lo que estás pensando en cuanto tus ojos se asoman a los míos, mientras te abres paso entre las sábanas para tratar de llegar hasta mí.
- No quiero estar aquí, pero aquí estoy. No quiero estar aquí, y sin embargo aquí me quedaré. Cuando tú te marches, aquí seguiré yo, en este punto y coma. Preguntándome quién me trajo aquí, y quién no me sacará. Cuándo conseguiré borrar el olor de tu champú de las toallas del baño. Cuántas veces tendré que apartar una taza café frío para aceptar que no lo bebo después de ti. Encontrarás la manera de que vuestras manos encajen, de que vuestras almohadas encajen. Eligirás el color adecuado de cepillo de dientes para las dos. Y yo seguiré aquí, cuando el mundo entero cambie para ti y sepas que es ella. Y yo, que seguiré siendo yo, seguiré en este piso demasiado pequeño para tener perro y sabré que eras tú y que ya no eres nada. Mis manos envejecerán aquí, pasando las hojas del periódico que has traído esta mañana una y otra vez. Tal vez me deje barba, no lo sé. El gato se preguntará por qué ya la cama no está cálida, por qué sólo queda la sombra de medio hombre que desde siempre fue frío. Mi cabeza será un caos aún, aquí anclado. Pero ahora mi caos será mío y mis miedos sólo los miedos del que no gasta dinero en perfume por la certeza de que nadie le olerá como tú lo hacías. Mi dolor será sólo para mí y a quién le importa. Se arrugará de no usarse el mapa de tus respiraciones mientras lo hacemos. Y la ducha minúscula se quedará grande para mí. Y me haré viejo, y me cansaré de masturbarme, y seguiré aquí. Donde no quiero estar. Y tú en otro lugar, donde tampoco quiero estar. O quizá sí. Quizá esto solo tiene sentido contigo, pero si tú ya no existes para mí no sé por qué te hago el amor. Y no sé por qué paro ahora. Ni por qué hundo la cabeza en tu hombro cálido ni por qué rompo a llorar. O quizá sí. No quiero estar aquí, pero aquí estoy, en este punto y coma...
Eso sería lo que dirías si pudieras hablarme. Pero no puedes. Y sería lo que yo sabría si quisiera saberlo. Pero yo no quiero saber lo que estás pensando. No quiero saber de tu soledad, ni de tus ojos de querernos a sacudidas y quemazones en otra época. Hueles a que te he guardado hondo y pequeñito en algún rincón de la eternidad, pero me da tiempo de arrugar la nariz y vestirme antes de salir por la puerta. Una vez fuera ya no hueles a nada.
6.2.13
Letras desordenadas.
Ni siquiera tú eres para siempre. Ni yo. Ni el unir de labios que hace jadear, ni las mentiras que invento para ti. Tus piernas son largas, pero no duran para siempre. Tu amor es enorme, pero no me cubre siempre. Tampoco mis te quiero, que a veces se atascan y a veces se disparan. Ni aquel confeti que barrí para tu cumpleaños, ni todo lo que susurré en tu baño el otro día mientras dormitabas en el sofá.
Ni siquiera tú eres para siempre. Vas a marchitarte, una vez yo abandone tu vida o quizá antes o quizá ahora mismo. Ni yo. Voy a marchitarme hasta que el tiempo se de cuenta de que dejé de hacer la fotosíntesis aquella tarde de calor, que no hace falta marchitarme porque el vencedor está sólo y yo no he ganado una carrera en mi vida, ni una sola.
Hacer el amor tampoco es para siempre. A veces sólo tienes un lunar maravilloso en el hueso de la cadera. A veces sólo quiero saber cuán vivas podemos estar, a veces hace frío. A veces pienso que voy a volverme loca, a veces sé que tú lo estás. A veces desearía tener más ganas, a veces desearía que fuésemos para siempre.
Los besos a medias no son para siempre. A veces me duelen tus labios porque están justo donde quieren estar y a veces recuerdo que no has pensado en respirar. No se me da bien hacer café sin dejarlo enfriar o demasiado amargo y no es inusual querer simplemente coexistir. Coexistir para siempre es difícil, porque no somos para siempre.
El eco de tus susurros parece durar para siempre. Tal vez es que cuando me voy despistando de recordarlos llegan y simplemente se repiten. Si alguien sabe hacer las cosas para siempre eres tú, el único problema es que ni siquiera tú eres para siempre.
Estas palabras no serán para siempre. Las leerás cuando tal vez yo ya me olvide de qué sentía al escribirlo. Me olvido de muchas cosas, porque los recuerdos no son para siempre. A veces no son ni para diez minutos. Y diez minutos durarán las palabras hasta que consiga sacarlas de mi cabeza y decir que me salvas de existir a medias por si acaso resulta que las palabras sí son para siempre.
15.1.13
Nubes de lunares en espaldas ajenas o cómo enamorarse todos los días.
- Qué bonita eres - al fin y al cabo solo son las palabras de siempre.
Haces ese sonido de sonreír, y me miras.
- ¿Bonita? - otra vez ese sonido - ¿Por qué?
Porque por las mañanas tu pelo es casi más rebelde, largo y descontrolado que nunca. Se deparrama por tu cara, por tu espalda, y casi dan ganas de estirar los dedos y atrapar un mechón, sólo para saber dónde acabará después de los tumbos que daremos. Porque tienes ojitos de haber dormido mucho, o poco (contigo es imposible saberlo con certeza hasta pasadas unas horas). Bonita, porque la luz de la habitación a través de la cortina es perfecta para tu tono de piel. Porque no te molesta que ronque en tu oreja noche sí y noche también. Porque nunca te ha importado mi caos más allá de la medida en la que me duele a mí (¿te das cuenta de lo maravillosa que eres? Bonita, por el ruido que haces cuando te conviertes en un mogollón de sábanas enredadas. Bonita, cuando me enredas con ellas. Bonita porque si pienso que llevo desde los quince años queriendo todos mis amaneceres contigo me mareo. Porque da igual que esté rota, encajo a la perfección con tu cuerpo cuando se trata de acurrucarme contra ti. Bonita, porque eres absolutamente mía cuando en un descuido te dejas querer y pones cara de no entender de donde sale tanto amor. Bonita, por haber seguido queriéndome el tiempo suficiente para que yo me diera cuenta. Bonita, por los días de playa de observarte de reojo en contraste con esas noches de desnudarte de a poquito que (como todas las noches al fin y al cabo) desenlazan en mañanas como esta.
Creo que tengo cara de pensar cuando me encojo de hombros y te acaricio la espalda con las puntas de los dedos.
- No lo sé - digo finalmente, y puede que sea cierto - Pero estás preciosa.
Haces ese sonido de sonreír, y me miras.
- ¿Bonita? - otra vez ese sonido - ¿Por qué?
Porque por las mañanas tu pelo es casi más rebelde, largo y descontrolado que nunca. Se deparrama por tu cara, por tu espalda, y casi dan ganas de estirar los dedos y atrapar un mechón, sólo para saber dónde acabará después de los tumbos que daremos. Porque tienes ojitos de haber dormido mucho, o poco (contigo es imposible saberlo con certeza hasta pasadas unas horas). Bonita, porque la luz de la habitación a través de la cortina es perfecta para tu tono de piel. Porque no te molesta que ronque en tu oreja noche sí y noche también. Porque nunca te ha importado mi caos más allá de la medida en la que me duele a mí (¿te das cuenta de lo maravillosa que eres? Bonita, por el ruido que haces cuando te conviertes en un mogollón de sábanas enredadas. Bonita, cuando me enredas con ellas. Bonita porque si pienso que llevo desde los quince años queriendo todos mis amaneceres contigo me mareo. Porque da igual que esté rota, encajo a la perfección con tu cuerpo cuando se trata de acurrucarme contra ti. Bonita, porque eres absolutamente mía cuando en un descuido te dejas querer y pones cara de no entender de donde sale tanto amor. Bonita, por haber seguido queriéndome el tiempo suficiente para que yo me diera cuenta. Bonita, por los días de playa de observarte de reojo en contraste con esas noches de desnudarte de a poquito que (como todas las noches al fin y al cabo) desenlazan en mañanas como esta.
Creo que tengo cara de pensar cuando me encojo de hombros y te acaricio la espalda con las puntas de los dedos.
- No lo sé - digo finalmente, y puede que sea cierto - Pero estás preciosa.
14.1.13
A la 1 de la mañana no, que es un número muy feo.
Llega despacio porque es de noche y porque llevo demasiado tiempo sin escuchar música. Porque es de noche despacio. Porque llevo demasiado tiempo sin escuchar música llega. Todo apesta a fracaso. Hasta estas letras. No me atrevo a poner la música, pese a que tengo el disco idóneo. Estoy cansada de ser yo todo el rato martilleando en mi cabeza. He roto martillos y cabezas y yos, pero ahí sigo. Cansada. Exhausta. Anciana. No quiero manchar también la música con eso.
Me llamo como mi abuela, que sí es anciana, pero tengo veintiún años recién cumplidos. Tengo además una cicatriz en la mejilla, desde los tres años. También tengo un resfriado desde hace meses que vino con la llegada del frío. Cada día es más duro poder calentar los pies, las manos. Los labios.
Hace algún tiempo algo se rompió en mi cabeza. Mi psicóloga dice que he ido formando un colchón bajo mis pies con todo lo que he heredado, con todo lo que he aprendido, con mi autoconcepto, con mi personalidad, con mis miedos, con mis vivencias absolutas. Dice que el colchón es pegajoso, que no me puedo librar de él así como así. Creo que quiere que lo queme, pero todos las cerillas se han mojado de tanto mearme encima. Soeces. Eso sienta bien.
Estoy harta de llamarme como mi abuela, de tener veintiún años y de la cicatriz. Oh, y del resfriado. Me gustaría poder ser incorpórea y mirarme desde fuera y luego olvidarme para siempre. Flotar y divertirme mirando como son las vidas de los que son felices y cuidar a los que me importan, vigilante. Incorpórea... sería placer absoluto.
Nada de esto tiene sentido, me olvidé hace tiempo de cómo se escribía. De cómo se hablaba. De cómo se pensaba en otra cosa que no fuera el caos. Me aburro a mí misma. Y a los demás. Es mejor estar callada que espantarlos. Además, pocos me interesan. Pocos quedan.
Mi novia queda, claro. Está en mi cama, esperándome dormida, pero estoy harta de que tenga que consolarme, de no poder dejar que me ayude. Sería fácil. Entraría en el fracaso, y soplaría. Y valiéndose de unos cuantos tacos de postits y de instrucciones claras lo pondría todo en orden y yo no volvería a fallar. Es maravillosa. Pero no puedo dejar que esté por aquí, el olor a fracaso es insoportable. Sé que no se iría porque me quiere, con locura, pero no puedo dejarla entrar porque yo sí que me iría.
Cuanto más inconexo es todo esto más me calma. Caos, que saco fuera de mí. Caos, que ya no está dentro. Al fin y al cabo, el caos puede ser una palabra muy descriptiva. Ojalá, en ese contexto, montañas enteras de caos. No en mi cabeza, ni en el escritorio de mi habitación. Me saca de quicio. No puedo estudiar así.
No puedo estudiar desde hace más de un año y no sé si podré hacerlo. No sé si tendré que dejar todo esto. Si podré hacer alguna vez algo que no sea fracasar.
La casa está en silencio. Todos duermen y yo tecleo porque quiero que se pase antes de ir a la cama. Porque mi novia se merece una noche tranquila. Y yo me merezco dormir, aunque sólo sea por mi pertenencia a la raza humana. Mi cabeza va a toda velocidad. Mi madre dice que estoy pálida. Mi horóscopo dice mentiras. Mis amigos no dicen nada. No saben nada. Es lo mejor. ¿El vencedor está solo?
Ojalá al escribirlo quedara aquí y no en mi cabeza, porque lo odio. Es lo más sincero que he escrito en meses. Y da arcadas.
Me llamo como mi abuela, que sí es anciana, pero tengo veintiún años recién cumplidos. Tengo además una cicatriz en la mejilla, desde los tres años. También tengo un resfriado desde hace meses que vino con la llegada del frío. Cada día es más duro poder calentar los pies, las manos. Los labios.
Hace algún tiempo algo se rompió en mi cabeza. Mi psicóloga dice que he ido formando un colchón bajo mis pies con todo lo que he heredado, con todo lo que he aprendido, con mi autoconcepto, con mi personalidad, con mis miedos, con mis vivencias absolutas. Dice que el colchón es pegajoso, que no me puedo librar de él así como así. Creo que quiere que lo queme, pero todos las cerillas se han mojado de tanto mearme encima. Soeces. Eso sienta bien.
Estoy harta de llamarme como mi abuela, de tener veintiún años y de la cicatriz. Oh, y del resfriado. Me gustaría poder ser incorpórea y mirarme desde fuera y luego olvidarme para siempre. Flotar y divertirme mirando como son las vidas de los que son felices y cuidar a los que me importan, vigilante. Incorpórea... sería placer absoluto.
Nada de esto tiene sentido, me olvidé hace tiempo de cómo se escribía. De cómo se hablaba. De cómo se pensaba en otra cosa que no fuera el caos. Me aburro a mí misma. Y a los demás. Es mejor estar callada que espantarlos. Además, pocos me interesan. Pocos quedan.
Mi novia queda, claro. Está en mi cama, esperándome dormida, pero estoy harta de que tenga que consolarme, de no poder dejar que me ayude. Sería fácil. Entraría en el fracaso, y soplaría. Y valiéndose de unos cuantos tacos de postits y de instrucciones claras lo pondría todo en orden y yo no volvería a fallar. Es maravillosa. Pero no puedo dejar que esté por aquí, el olor a fracaso es insoportable. Sé que no se iría porque me quiere, con locura, pero no puedo dejarla entrar porque yo sí que me iría.
Cuanto más inconexo es todo esto más me calma. Caos, que saco fuera de mí. Caos, que ya no está dentro. Al fin y al cabo, el caos puede ser una palabra muy descriptiva. Ojalá, en ese contexto, montañas enteras de caos. No en mi cabeza, ni en el escritorio de mi habitación. Me saca de quicio. No puedo estudiar así.
No puedo estudiar desde hace más de un año y no sé si podré hacerlo. No sé si tendré que dejar todo esto. Si podré hacer alguna vez algo que no sea fracasar.
La casa está en silencio. Todos duermen y yo tecleo porque quiero que se pase antes de ir a la cama. Porque mi novia se merece una noche tranquila. Y yo me merezco dormir, aunque sólo sea por mi pertenencia a la raza humana. Mi cabeza va a toda velocidad. Mi madre dice que estoy pálida. Mi horóscopo dice mentiras. Mis amigos no dicen nada. No saben nada. Es lo mejor. ¿El vencedor está solo?
Ojalá al escribirlo quedara aquí y no en mi cabeza, porque lo odio. Es lo más sincero que he escrito en meses. Y da arcadas.
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