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23.2.13

Frío.



Y quizá sonreír un poco y pensar que podemos salvarnos si hace frío y estás cerca. 
Más cerca, claro. Más cerca siempre. 

6.2.13

Letras desordenadas.

Ni siquiera tú eres para siempre. Ni yo. Ni el unir de labios que hace jadear, ni las mentiras que invento para ti. Tus piernas son largas, pero no duran para siempre. Tu amor es enorme, pero no me cubre siempre. Tampoco mis te quiero, que a veces se atascan y a veces se disparan. Ni aquel confeti que barrí para tu cumpleaños, ni todo lo que susurré en tu baño el otro día mientras dormitabas en el sofá. 

Ni siquiera tú eres para siempre. Vas a marchitarte, una vez yo abandone tu vida o quizá antes o quizá ahora mismo. Ni yo. Voy a marchitarme hasta que el tiempo se de cuenta de que dejé de hacer la fotosíntesis aquella tarde de calor, que no hace falta marchitarme porque el vencedor está sólo y yo no he ganado una carrera en mi vida, ni una sola. 

Hacer el amor tampoco es para siempre. A veces sólo tienes un lunar maravilloso en el hueso de la cadera. A veces sólo quiero saber cuán vivas podemos estar, a veces hace frío. A veces pienso que voy a volverme loca, a veces sé que tú lo estás. A veces desearía tener más ganas, a veces desearía que fuésemos para siempre.  

Los besos a medias no son para siempre. A veces me duelen tus labios porque están justo donde quieren estar y a veces recuerdo que no has pensado en respirar. No se me da bien hacer café sin dejarlo enfriar o demasiado amargo y no es inusual querer simplemente coexistir. Coexistir para siempre es difícil, porque no somos para siempre. 

El eco de tus susurros parece durar para siempre. Tal vez es que cuando me voy despistando de recordarlos llegan y simplemente se repiten. Si alguien sabe hacer las cosas para siempre eres tú, el único problema es que ni siquiera tú eres para siempre.

Estas palabras no serán para siempre. Las leerás cuando tal vez yo ya me olvide de qué sentía al escribirlo. Me olvido de muchas cosas, porque los recuerdos no son para siempre. A veces no son ni para diez minutos. Y diez minutos durarán las palabras hasta que consiga sacarlas de mi cabeza y decir que me salvas de existir a medias por si acaso resulta que las palabras sí son para siempre. 



16.12.12

Wio.



Existen noches en las que la ciudad es demasiado fría. Demasiado grande, demasiado silenciosa. Ajena. 
Hay noches que por más que lo intente estás aparte del resto de transeúntes  noches en los que no hay nada que puedes hacer para que tus pies no hagan ese ruido atroz contra el suelo.

A veces los adoquines se vuelven mucho más duros y tus pies mucho más pesados. 
De esas noches en las que resulta imposible mimetizarse contra las paredes por muchos golpes que les des.
Cuando eres más consciente que nunca de que tus amigos se han convertido en tus conocidos. 
Cuando si te pudieras sentir de alguna forma que no fuera completamente perdida, sería completamente sola.


Wio, mi cabeza es un lugar inhóspito y al final te marcharás. 


Existen noches en las que la imagen del espejo es insoportable. En las que eres consciente cada segundo de la eterna hora muerta en la que vives de que eres completamente incapaz. En la que tu mayor aspiración es poder pasar desapercibida, para que nadie más sea consciente de ello. Para, por incapaz. no perder a las personas importantes. Las pocas que quedan. 

(Que nadie sepa que esta noche te duele.)

Wio, ¿a dónde iremos cuando no quede un sitio en el mundo sin ese caos de colores que lo pudre todo?











31.5.11

L'homme gris.



Cuando salió de que le rompieran el corazón se dio cuenta de que no tenía ninguna prisa.
Volver al mundo real era casi irrisorio, así que se sentó en la acera, con tranquilidad.
Encendió un tabaco mentolado. Dejó el sombrero en su regazo.
Tenía todo el tiempo del mundo para saborear el dolor del rechazo, así que no tenía por qué irse de allí inmediatamente.
Estaba en el mejor de los limbos, sólo superado por el instante delicioso de antes del beso.
En ese instante aún no tenía por qué enfrentarse a la realidad. Aún no tenía que asumirla.
Podía pasarse horas y horas en ese estado meditabundo que lo mantenía a salvo.
Antes de las explicaciones.
Antes de los días grises.
Antes que mirar atrás significara dejar parte de las pestañas en el intento.
Soltó una bocanada al cielo, intentando seguir su trayectoria, y entonces la descubrió en el balcón.
Tenía la ropa de irse a dormir y el pelo desordenado. La luz de la farola recortaba la figura de su cuerpo pequeño contra la pared de su fachada.
Era sólo una silueta, pero podía ver su expresión de tristeza.
Levantó la mano como si se vieran por primera vez en el día y él correspondió a su vez, cómo si se admirara de su belleza por primera vez en su vida.
Se miraron en silencio.
Cómo llevaban haciendo desde hacía mucho tiempo.
El hombre gris quiso llorar, la silueta negra se encogió de hombros.
Cuando desapareció por la puerta del balcón y a él no le quedó más remedio que volver a ponerse el sombrero comprendió que su tiempo se había terminado.
Y fue entonces cuando sonó aquel estruendo.