13.12.11

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Está de pie, con los brazos cruzados, y cuando me ve se acerca a la carretera hace un gesto de autostop, con una sonrisa.
Durante un momento me paso la mano por la barba incipiente, planteándome la idea de seguir de largo y escapar de esta locura, pero termino parando el coche junto a él.
Entra en el coche, cae en el asiento despreocupadamente y cierra la puerta con suavidad, como si de un rito se tratara. Él y sus dieciséis que parecen catorce, su pelo rubio sin control y su sonrisa de niño maleducado. Por un momento me pesan mis veinticinco, recién cumplidos, pero al momento se gira, y me dedica una de esas sonrisas que le iluminan los ojos, grandes y negros, espantando todos los fantasmas.

- Hola – me dice, alegre

Desdibujo mi cara de pócker con una media sonrisa, en forma de saludo, y cuando piso el acelerador le pregunto:

- ¿A dónde quieres ir?

No dice nada, se pone a buscar alguna emisora, moviendo la rueda de la radio con rapidez. Me escruta un momento, como sopesando mis gustos, y al final se decide por algo de pop. No es lo más acertado, pero podría ser peor, así que me permito reír suavemente, mientras él mueve la cabeza al ritmo de la música. Salimos de lo gris de la ciudad, así que le piso un poco más, y ahora que ha abierto la ventanilla el pelo rubio se le mueve con el aire. Con una mano gira la ruedecilla hasta que el volumen de la radio está al máximo, y con la otra juega, por la ventanilla. Casi sonrío cuando empieza a cantar a todo pulmón el estribillo de la canción, y él lo nota, porque se prende de mi esbozo de sonrisa, y me grita para oírse por encima de la música:

- ¡Hoy quiero que me lleves a donde se cumplen los sueños!

Conduzco un buen rato, pendiente de sus movimientos inquietos por pura inercia. Me mira, se pierde por la ventana y cambia de canción a partes iguales.
Llegamos. Aparco el coche justo al lado del mirador de madera, y cuando yo me estoy quitando el cinturón de seguridad él ya está completamente asomado, gritando de asombro.
Me acerco hacia él, desde aquí se puede ver la pequeña playa de arena blanca, bañada un tranquilo mar azul celeste.

- ¡Este sitio es increíble! – admira, girándose para sonreírme.

Yo no le digo nada, pero me pierdo en sus ojos negros, por un momento.

- ¿Quieres bajar? – pregunto, señalando la escalera de madera que lleva hasta la playa.

- No he traído bañador – sonríe, y es más una advertencia que una pega.

Se me adelanta y baja a saltos, lleno de energía, mientras yo busco una toalla en el coche.
Bajo despacio los escalones, y el sonido de la madera crujiendo se pierde entre las olas y su risa de niño impaciente.Tarda nada en desvestirse y correr hasta el agua.Yo, por mi parte, extiendo la toalla en la arena, me quito la camisa y me siento abrazándome las rodillas, observándolo.

- ¡Joder, esta helada! – se queja, huyendo de una ola.

Me dan ganas de reírme, pero los escalofríos que me dan el viento y el mirarlo no me dejan. Duda un momento, pero de buenas a primera echa a correr dentro del agua, para terminar de cabeza en una ola. Sale soltando una mezcla entre una maldición y una risa, y mueve la cabeza para apartar el pelo mojado que cae sobre su cara. Se gira para mirarme y levanta un brazo, haciéndome señas para que vaya.

- ¡No está tan mal! – me chilla, riéndose – ¡Vamos!

- ¡Ven tú! – replico, sonriendo levemente.

El corre hacia mí, sin esperar más de dos segundos, y le hago un hueco en la toalla para q se siente. Su piel congelada roza la mía y me estremezco de pies a cabeza.

- Estás congelado – gruño en broma, apartándole el pelo de la cara con un gesto.

- Qué quejica estás hecho – se burla, tomando la mano.

Yo la aparto con suavidad y miro al mar batiente, de nuevo serio. Lo escucho suspirar, y moverse hasta quedar tumbado.
Me quedo abrazándome las rodillas un poco más, para luego ponerme en pie y acercarme a la orilla. El sol está escondido entre las nubes y con el rabillo del ojo veo como el se incorpora a observarme.
El viento me revuelve el pelo, y la arena me golpea el costado. El grito de las gaviotas se revuelve a lo lejos y el mar no deja de rozar mis pies. Tengo ganas de llorar y no sé cómo, ni por qué. Tengo ganas de ir hasta él y perderme en sus labios, pero hay algo que me clava los pies en la arena fría y blanca, algo que me hace sentirme más pequeño que nunca, algo que me golpea en el estómago y me enternece a la vez.
En ese momento él está ahí, justo a mi lado, y me mira de frente, directamente a los ojos.

- ¿Qué te pasa, eh? – pregunta, serio.

Tan serio… Yo doy un paso atrás, y mis pantalones se mojan hasta las rodillas.
Él me acompaña en el paso, y vuelve a preguntarme, aunque esta vez su voz se rompe.

- ¿Qué te pasa? – doy otro paso hacia atrás, me llega el agua a la cintura - ¿No entiendes que podemos ser felices?

Llevo una mano hacia su mejilla, y le limpio las lágrimas.

- ¿No entiendes que podemos ser felices? – repite, en un susurro.

Me quedo prendido de sus ojos, y él en vez de limpiarme las lágrimas me besa, avanzando la cabeza sólo un poco, rozándome los labios casi sin querer, tan lento que puedo decir que el tiempo se ha detenido. Hemos viajado a años luz, y ahora no estamos en la playa, sino en aquel parque donde nos vimos aquella primera vez. Y la luna redonda mece aquellas palabras de entonces.
Pero pronto separa sus labios de los míos y vuelvo a oír sollozos del mar, y él me abraza porque tiemblo aunque ya no tengo frío, y me acaricia el pelo ahora que el agua me llega hasta el pecho y las olas nos acercan a la locura.

- ¿No entiendes que tú eres el lugar donde los sueños se cumplen?

5.12.11

¿Qué ha sido de ti, de aquella canción...?
De las horas muertas en tu habitación...
¿Quién dijo que no perdería el control cuando iba camino de la destrucción?



- Riazor-

22.11.11

Ella (&Ella&Él)


Aprieto una última mi cuerpo desnudo contra el suyo simplemente por el placer de sentirla una extensión insalvable de mí misma. Un beso en el cuello, otro en la sien y me tumbo finalmente a su lado, exhausta, apartándome el pelo de la cara
Ella suspira aún quedamente, tratando de recobrar el ritmo habitual de su respiración. Sus pechos, redondos y con los pezones aún erectos, suben y bajan en una danza entre hipnótica y deliciosa.
- Madre mía - resoplo, sin poder evitar una sonrisa.
- Sí - suspira...
Me giro y quedo tumbada de costado, con los labios en su hombro salpicado de lunares. Las yemas de mis dedos dibujan eses en su vientre, distraídas.
- Necesito un cigarro - se incorpora y se pasa las manos por la cara, como intentando despejarse.
Suena un pequeño "crack" que agrieta el momento. Se acabó. Se va. Como siempre. Aún es media tarde, pero en unas horas dormirá con él. Otra vez, como cada noche.
Es insoportable sólo pensarlo.
Mis manos se anclan fuerte a la cama para cerciorarme de que la realidad sucedía apenas medio minuto atrás.
- ¿Lo echas de menos cuando lo hacemos? - las palabras salen de mi boca sin que pueda controlarlo, devorándonos en un jirón de rabia.
Tarda menos de un segundo en mirarme, y cuando lo hace sus ojos negros ya han pasado de la sorpresa al reproche. Se levanta de la cama casi automáticamente . Su sexo parece ridículo ahora que se lo tapa con una mano.
- ¿Qué coño te pasa? - tiene el tono más áspero que he escuchado jamás. No levanta la voz, pero aún así yo lo siento como un grito - ¿Cómo puedes hablar de él ahora? ¿en qué estás pensando? No tienes ningún derecho, ninguno...
Se pone las braguitas y los vaqueros celestes con rapidez, en gestos enérgicos.
Yo no digo nada. Sigo anclada a las sábanas blancas. El dolor sigue dibujando anillos tras mis pupilas. Latente.
- Joder, ¿no te basta acaso con que venga hasta tu maldita casa a follar contigo? - suelta por la boca el torrente de palabras que le alcanza la conciencia - Estoy aquí, ¿no? ¿Es que eso no te dice nada?
Me mira como esperando una respuesta, con las manos extendidas hacia mí.
- No puede ser suficiente Te irás con él. - musito, ya desinflada. - Que estés aquí sólo significa que has venido. Que vas a marcharte... con él.
Me mira como si no me conociera de nada. Como si fuera una desconocida grosera en el metro.
En este preciso momento me invaden unas ganas locas de estrecharla contra mí y pedirle perdón de mil formas distintas. Pero no lo hago. Claro que no.
- No te atrevas si quieras a mencionarlo, a hablar de él - su voz es tan rasgada que hiere. Frunce el ceño antes de desarmar su expresión en tristeza - Yo... yo no soy inocente. Tampoco yo tengo derecho... No tenemos ningún derecho, pero menos que nadie.
Escupe el "tú" como si le quemara en la boca y sale de la habitación. Su melena oscura y lacia le cubre la espalda casi en su totalidad.
Se escucha cerrar la puerta desde aquí, sin mucho escándalo. Ella es mucho más que un portazo. Mucho más incluso que él. Muchísimo más que yo. Y por supuesto mucho más que esta pelea absurda de posesión.



Ella&Ella&Él

- ¿No vas a pedirme que me quede? - sorpresa. Temor.
- No, sé que si lo hicieras nos arrepentiríamos los dos - susurro contenido - A fin de cuentas prefiero que me eches de menos a mí estando con ella que a ella estando conmigo...
- ¿Estás seguro? - Dolor. Arrepentimiento.
- No - voz rota, mueca rota, vida rota - No... Pero si te vas todavía me quedará la esperanza de que vuelvas algún día...
Se cruzan las miradas. Son muchos años ya.
- Te quiero... - a media voz.
- Y yo...


Adiós.

16.11.11

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Sólo soy una niña con mil caprichos aleatorios. Una niña.

Quiero que entiendas (porque es importante) que desde hace un tiempo mi fuerza vital y todos sus sinónimos pomposos se rigen, casi exclusivamente, por pequeñas victorias.

"Pequeñas" en este caso no es más que una manera de englobar un número indefinido de adjetivos tales como "absurdas", "inútiles" o "irracionales". Pensé que tal vez sería un poco engorroso escribirlos todos.

Pequeñas victorias, sí. Retos enanos de esos que, a simple vista, resultan insultantemente alcanzables. Los retos grandes están ahí siempre y, normalmente, ya se ocupan los demás de adjudicármelos así que no diría que el placer sería mío de llegar a alcanzarlos. De esta manera debes comprender que la única alternativa que me queda es buscar objetivos ridículos.

Ser amable con las personas que me atienden en los establecimientos, mantener una conversación distendida pero no superflua, no pisar las líneas blancas del paso de peatón, ganar al ajedrez, conseguir una sonrisa de algún usuario en el tranvía, descubrir algún mensaje secreto en una canción, transportarme a un recuerdo exacto, mirar directamente a alguien hasta que te devuelva la mirada, obtener un beso inesperado, conseguir que la leche y el cacao queden en su proporción justa, encontrar a alguien con quien tomar un café, que la cama esté fría al acostarme para poder calentarla, llevar un paraguas por la calle y no utilizarlo, saber cuál es el superhéroe y supervillano favorito de todos mis conocidos.

Pero sobretodo... las concesiones.

Concesiones pequeñas también, claro. Pedir un abrazo, un momento, una caricia, una palabra, un beso, una opinión, una compañía en concreto, un te quiero. Cosas nunca demasiado imposibles de conceder. Nunca demasiado sacrificadas pero de una importancia abisal.
Tanto es así que, tras pedir el objeto de mi necesidad, todo lo que soy o he sido hasta ese momento se encoge en un rincón de mis ojos suplicantes, y tiembla sin poder detenerse esperando el desenlace.

Cuando la concesión ocurre estalla algo endemoniadamente cálido desde el fondo de mi mirada color barro viejo. Algo que me cubre y, sencillamente, me calma. Por completo. Durante un momento nada me perturba, nada puede vencerme. Y por eso es como una droga. Esa sensación una vez que la concesión termina se marcha con una mueca. Y sólo quedo yo entonces. Es horrible.

Si la concesión no ocurre... es algo peor que quedar sólo yo. Mi pequeño fracaso, en ese momento, se extiende. El temblor de todo lo que me compone es insoportable. Me tiemblan los dientes, las pestañas, los labios y los ojos. Todo se empapa de ese pequeño fracaso y se estira hasta quedar sujeto sólo por un hilacho descarriado. A punto de romperse. Mis pequeños fracasos, mucho más grandiosos y eficientes que mis pequeñas victorias, se suceden a lo largo del día y me rompen el corazón. Con golpes diminutos que lo hacen latir despacito para no hacer mucho ruido.

¿Lo entiendes? No es gracioso. Porque puede que sea una niña con mil caprichos aleatorios, pero si no cuidas tú de la integridad de mis pequeñas victorias te prometo que no sé quién se supone que va a hacerlo.








3.11.11

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¡Eh, Universo!
¿Sabes qué?
¡QUE TE FOLLEN!
A ti y a todos tus habitantes insalubres.
Que os follen.
A todos.
Que le den por culo a los finales felices, me vale con un refresco de manzana.
Con olor del gorro gris me sobra y me basta para existir.
Me sobráis.
Todos vosotros.
Casi todos vosotros.

26.10.11

No te vayas.

Estoy tirando de ti.

Muy despacito, pero con fuerza.

Estoy tirando de ti, ¿no puedes verlo?

Tengo las manos rotas de no romper la cuerda.

En silencio, para no asustarte.

Y seguiré tirando de ti...

Muy despacito y sin soltarte.

Hasta que nada pueda deshacer el nudo.

Hasta que estés tan conmigo que no puedas irte nunca más.



¿Es que no puedes verlo?



18.10.11

Por los anillos de Júpiter.


No sé si alguna vez te he dicho, Edgar, que Júpiter es mi planeta favorito. No, seguro que no te lo he dicho... pero sí. Júpiter es genial. Está lo suficientemente lejos del sol como para que haga un frío en el que absolutamente todo se hiela. Literalmente. Además, aunque no mucha gente lo sabe, Júpiter tiene anillos. Todo el mundo habla de Saturno y sus anillos pero a mí no me interesan demasiado. Prefiero los anillos de Júpiter. Están ahí, como en silencio. Como quietos. Sin hacer ruido, sin destacar. Su mayor anillo es el más imperceptible. ¿No es increíble? Aparte del frío y los anillos está la palabra en sí. Júpiter. Con "j", que es un fonema genial. Y esdrújula, con tilde automática. Cuando la gente piensa en Júpiter le establece mentalmente, casi sin saberlo, la tilde. Aunque sea mucho más que eso. Mucho, muchísimo más. Su nombre también se refiere al más grande de los Dioses Griegos. Qué gracia ¿no, Edgar? El más grande, el más sabio... pero frío y silencioso. Cómo no.

Siempre que pienso en que quiero largarme de aquí pienso en Júpiter, Edgar. Con frío y anillos tenues y tildes y Dioses griegos. Me siento un poco Júpiter a veces, Edgar. A millones de kilómetros del sol. Plegada de anillos que me pesan y que nadie sabe ver. Quiero irme, Edgar. Quiero irme a Júpiter, a hacer (por fin) ángeles en el hielo de su superficie.

Odio estar aquí. Odio respirar este aire de mierda. Aunque sea invierno. Odio el murmullo general del mundo. Y este dolor de cabeza, también lo odio. Odio el olor a castañas. Odio tener la mente en la muerte, en el olvido. Odio estar rodeada de gente, odio no poder acurrucarme en mi cama para siempre. Para siempre.

Odio no estar en Júpiter, Edgar.

Ven. Y llévame.

11.10.11

Demencia.


Imagina destruirlo todo.
Destruir tu mundo, tu vida.
Deshacerte de todos tus conocidos, tus amigos, tu amor. De todo. Encerrarlos en un lugar inalcanzable. O encerrarte tú. Qué más da.
Romperlo todo. Las ventanas, las puertas. El suelo si quieres. Quemar todo lo inflamable y hacer trizas lo demás. Bombardear tu armario. Lanzar los electrodomésticos azotea abajo. Convertir tu ropa en trocitos de tela.
Gritar. Hasta que no tengas voz. Y luego seguir gritando. En silencio, nadie te oirá en ningún caso.
Destruirte a ti misma. Arañar toda tu piel, vomitar a propósito hasta quemar tus cuerdas vocales, tragar chinchetas. Fumar toda la marihuana del mundo, lamer cristal, vaciar el cajón de las pastillas en tu garganta.
Eliminar la música. Desafinar en cada silbido. Hacer falsete en guturales.
Eliminar tus rasgos. Romperte la nariz contra las paredes, morderte los labios hasta que sangres, echarte lejía en los ojos hasta que destiñan.
Imagínalo.
Y luego empezar de cero.
En soledad.
En soledad...
Imagínalo y despierta. Reacciona.
Abre tu boca.
De una puta vez.
Ataraxia.

10.10.11

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Atrévete a mirarme a los ojos.
Sostenme la mirada, la cara y la vida. Sostenme.
Atrévete a plantarte frente a mí, sin flaquear. Como siempre.
Atrévete y pregúntame qué siento.
Qué siento, de una vez. Por todas. Aquellas.
Y tal vez entonces me atreva a hablar. Pueda. Quizá entonces me coma de un trago el carrusel de silencios de semifusas en el que se ha convertido mi vida.
Vamos, ¡VAMOS!
Te estoy esperando. Te estoy tendiendo la mano. Te estoy sujetando fuerte.
Sólo tienes que sostenerme y atreverte.
Por fin.





27.9.11

Secuelas.

¿Sabes lo que echo de menos hoy? Pensarás que estoy loca, pero lo cierto es que estas alturas pensar lo contrario sería imbécil por tu parte. Y nunca has sido imbécil. Yo sí, pero eso ya lo sabes.

Venga. Te lo cuento.

Echo de menos nuestras duchas juntas. ¿Qué bobería, verdad? Si muchas veces ni si quiera nos apetecía ducharnos juntas; y otras muchas ni nos aclarábamos el pelo porque terminábamos saliendo antes, empapadas, y haciendo el amor.

Pero no, lo que echo de menos son las otras veces. Cuando simplemente entrábamos en la ducha, nos enjabonábamos, entre risas (¿por qué nos reíamos tanto y tanto en la ducha?) y luego nos secábamos mutuamente con los ojos brillantes de amor. Sí, los momentos en la ducha eran AMOR: Con mayúsculas.

Tus protestas por el agua fría.

Las caricias descaradas.

Los peinados locos improvisados.

Las risas.

Tu piel empapada.

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Qué dolor de labios y dientes. De respiraciones aceleradas.


- No me raptes.

- Te rapto.

- Vale, ráptame.


Gemías.

19.9.11

The only way I know love.


You all are used to see me in silence. Although I'm talking all the time, actually I'm in silence. My mouth is so tired, now that you all are listening to me...
I wonder when was the precise moment I learned to shut up. Maybe it's true. Maybe I'm shutting up each time. I wonder how to stop it. I wonder if you want teach me to stop it.
You. You. You. You.
Sometimes I think it's so much silence to me. Sometimes I try to talk, I have to talk.
But most of the time, I feel it's so late for my voice. So, so late. I lost my chance, the only choice that stay for me it's living with the certainty of be a bad partner. Friend.
I know that all this shit turns you sad.
Fuck.
I not even can be a good choice to you, I live wondering the reason you love me.
Perhaps my silence gets calm you. Hey, honey, maybe I'm your silent part too.
My lips are so closed... I can't promise you I'll learn to break it.
I can't promise you that I want break it.
But if you ask me... If you want, my silence it's ended.
I only warn you, darling, without my silence I'll cease to exist.
And I'm scared.
Fuck.

Abandono.


- No te vayas todavía -le pidió, aún echa un ovillo en una esquina de su cama diminuta.
Todavía implicaba que, en algún momento, se acabaría.
A nadie le interesa la luz teniendo manos, lengua y labios. A nadie le interesa la luz en una cama tan pequeña.
La buscó. Todo su cuerpo se puso manos a la obra, guiándose a tientas en busca de la fuente de aquel calor tan protector. Encontró primero su hombro, redondo, y luego bajó por su brazo para deshacerse de la inquietud en su vientre. En su ombligo. Con las manos llenas de temblores bajo la uñas, de no saber acariciar. La encontró suave y quieta, con el pecho subiendo y bajando al ritmo que marcaban sus caricias.
No, la luz era completamente innecesaria.
- Es tarde - susurró. Y fue el único movimiento que hizo. Tomo el aire suficiente en los pulmones para emitir el sonido suficiente. Despego lo labios y su boca se movió, modulando los sonidos. Dejó que el aire corriera por su garganta, entre sus cuerdas bocales, y controló el volumen para que, finalmente, fuera un susurro.
- Es tarde - repitió la otra, con menos esfuerzos, renovando sus ganas de acurrucarse y hacerse lo más pequeña que pudiera.
No necesitaba la luz, pero le daba miedo estar sola. Sola en el universo, que se expande y cada vez es más intragable. Incomprensible. Inhabitable.
- Sí - contestó, y frunció los labios. Frunció las cejas. Frunció las mejillas, las orejas y las pestañas.
Frunció la vida, le dio un beso, y escapó de la cama.
Lejos.
Y una vez el calor se hubo ido la cegó lo oscuro de la soledad.

13.9.11


Supongo que no lo sabes aún.
Que hay una parte de mí...
A veces pequeña, susurrante en una esquina de mi mente.
A veces abismal, me cubre por completo y me entierra. Me absorbe. Me nubla. Me abarca.
Supongo... que no tienes ni idea.
Que hay una parte de mí que se siente completamente sola...
En el universo.

12.9.11

Ódiame ahora que puedes.


Búscame a través de mis mil reencarnaciones (creo que esto comenzó cuando era un escarabajo.). En cualquier caso soy la peor persona que conocerás jamás.

Voy a romperte el corazón.

Voy a implantar en ti la tristeza.

Voy a traicionar tu confianza.

Voy a apagar los fulgores de tus ojos.

Y luego, sola y rota, como un escarabajo, moriré de pena.


25.7.11

Hubo un tiempo en el que era un poco difícil.
Tiempo atrás, a veces, lo pasaba mal.
Me preguntaba, con todo aquel asunto, si me querías.
Dudaba, por tus sentimientos, si me valorabas.



Entonces llegaste tú y tendiste una manta en el suelo del salón, con una vela roja como única fuente de luz. Que hacía aún más brillante tu mirada eléctrica.
Entonces llegaste, con tu cara de niña que crece muy rápido, y me susurraste al oído que soy el amor de tu vida.
Y me haciste el amor sin soltarte un sólo segundo de mi abrazo.
Y yo lloraba, despacito...

Gracias.

21.6.11

218945762384.


¿Sabes?

Por una vez me gustaría que me miraras como a ellos. Como a ellas.

No hablo de amor, ya sabes.


No me malinterpretes, adoro tu mirada cuando te enterneces y tus ojos, cuando te arranco suspiros, me vuelven loca...

Es sólo que no sé quién brillará por mí cuando se disuelva el oro de tus pestañas.


Y ni entonces me mirarás así.

No me refiero al amor...


31.5.11

L'homme gris.



Cuando salió de que le rompieran el corazón se dio cuenta de que no tenía ninguna prisa.
Volver al mundo real era casi irrisorio, así que se sentó en la acera, con tranquilidad.
Encendió un tabaco mentolado. Dejó el sombrero en su regazo.
Tenía todo el tiempo del mundo para saborear el dolor del rechazo, así que no tenía por qué irse de allí inmediatamente.
Estaba en el mejor de los limbos, sólo superado por el instante delicioso de antes del beso.
En ese instante aún no tenía por qué enfrentarse a la realidad. Aún no tenía que asumirla.
Podía pasarse horas y horas en ese estado meditabundo que lo mantenía a salvo.
Antes de las explicaciones.
Antes de los días grises.
Antes que mirar atrás significara dejar parte de las pestañas en el intento.
Soltó una bocanada al cielo, intentando seguir su trayectoria, y entonces la descubrió en el balcón.
Tenía la ropa de irse a dormir y el pelo desordenado. La luz de la farola recortaba la figura de su cuerpo pequeño contra la pared de su fachada.
Era sólo una silueta, pero podía ver su expresión de tristeza.
Levantó la mano como si se vieran por primera vez en el día y él correspondió a su vez, cómo si se admirara de su belleza por primera vez en su vida.
Se miraron en silencio.
Cómo llevaban haciendo desde hacía mucho tiempo.
El hombre gris quiso llorar, la silueta negra se encogió de hombros.
Cuando desapareció por la puerta del balcón y a él no le quedó más remedio que volver a ponerse el sombrero comprendió que su tiempo se había terminado.
Y fue entonces cuando sonó aquel estruendo.