16.12.12

Wio.



Existen noches en las que la ciudad es demasiado fría. Demasiado grande, demasiado silenciosa. Ajena. 
Hay noches que por más que lo intente estás aparte del resto de transeúntes  noches en los que no hay nada que puedes hacer para que tus pies no hagan ese ruido atroz contra el suelo.

A veces los adoquines se vuelven mucho más duros y tus pies mucho más pesados. 
De esas noches en las que resulta imposible mimetizarse contra las paredes por muchos golpes que les des.
Cuando eres más consciente que nunca de que tus amigos se han convertido en tus conocidos. 
Cuando si te pudieras sentir de alguna forma que no fuera completamente perdida, sería completamente sola.


Wio, mi cabeza es un lugar inhóspito y al final te marcharás. 


Existen noches en las que la imagen del espejo es insoportable. En las que eres consciente cada segundo de la eterna hora muerta en la que vives de que eres completamente incapaz. En la que tu mayor aspiración es poder pasar desapercibida, para que nadie más sea consciente de ello. Para, por incapaz. no perder a las personas importantes. Las pocas que quedan. 

(Que nadie sepa que esta noche te duele.)

Wio, ¿a dónde iremos cuando no quede un sitio en el mundo sin ese caos de colores que lo pudre todo?











14.12.12

Y la juventud dorada era de nieve.


Nos hemos hecho daño 
y el tiempo ya no pasa indiferente. 
Por qué es tan alto el precio del olvido 
no sabemos, y herimos 
con una relajada displicencia 
aun teniendo muy claro que algún día 
alguien recordará el dolor que le causamos, 
porque el dolor persiste en la memoria 
con una obstinación insobornable, 
y es fiel, y es rencoroso, y el perdón no le afecta. 

Nos hemos hecho daño. 
Y la juventud dorada era de nieve.



Felipe Benitez Reyes







26.11.12

Z,

En todo el mundo no existe nadie igual a mí. 
Todo lo mío me pertenece. Mi cuerpo, todo lo que hae mi mente, con todos sus pensamientos e ideas, mis ojos, incluyendo las imágenes que perciben; mis sentimientos, cualesquiera que sean: ira, alegría, frustración, amor, decepción, emoción; mi boca y todas las palabras que salen de ella, refinada, dulces o cortantes, correctas o incorrectas; mi voz, fuerte o suave y todas mis acciones, sea para otros o para mí. Soy dueña de mis fantasías, sueños, esperanzas y temores. Son míos todos mis triunfos y mis éxitos, todos mis fracasos y errores. 

Sé que tengo aspectos que me desconciertan y otros que deconozco.

Como quiera que parezca y suene, diga y haga lo qe sea, piense y sienta en un momento dado, todo es parte de mi ser.

Esto es real y representa el lugar que ocupo en este momento de tiempo.

Puedo ver, oír, sentir y decir. Tengo los medios para sobrevivir, para acercarme a los demás, para ser productiva y darle sentido y orden al mundo.

Me pertenezco y así puedo estructurarme.

Yo soy yo y estoy bien...




28.10.12


Big train rolling down the line makes me lonely.
Sometimes... I wish to ride away.
Sometimes... I want to ride away.


Big plane flying through the clouds makes me worry.
Sometimes... I wish to fly away.
Sometimes... I want to fly away.







A veces no necesito más que una canción lo suficientemente grave y un volumen estridente para sentirme completamente relajada.
Normalmente nada de eso funciona.
No, las respiraciones profundas.
No, ordenar las ideas en listas.
No, dar un paseo una vez caída la noche.
No, esconderse bajo la almohada.
No...
Ven. 





16.10.12

[Ella & Ella &] Él

Puede que nunca vuelvas. Puede que esta sea la realidad y lo otro apenas un buen momento. Y que esquives mis labios para siempre, que tu cabeza siga llena y yo no encuentre la salida. Que el estómago no deje de dolerme, que jamás consiga librarme de esa sensación de que algo debería pasar a través de mi garganta. . Y que realmente me haya vuelto invisible, y que esa sea la razón por la que no eres capaz de verme aquí, ahora, esta semana, este mes... Puede ser que mi cabeza no vuelva a ir bien o que todo esto no tenga al final más importancia.
Pero qué miedo.
¿Escuchas todo ese silencio?
No hay manera de taparlo, por mucho que no grite.








25.9.12

Encontrarte hacia arriba.
Sentirte hacia arriba.
Siempre hacia arriba, a donde mueren los Álamos.




21.9.12

Tranquilo, Edgar.
Me siento lo suficientemente mal como para continuar con mi completa autodestrucción.
Llegaré con esto hasta el final, ¿no me ves?
Aunque no tenga ninguna prisa.




15.9.12

Feb.

Diría que se trataba de una tarde de Febrero.
Ella susurró una despedida al tiempo que se subía al tren, cargando su bolso con cuidado.
Una despedida mustia, escueta, casi fría. Tenía demasiado dolor en las pupilas para poder expresarlo también con palabras. 
Y porque, siendo fiel a la verdad, las grandes despedidas siempre se resumen en palabras insuficientes.
Y porque, siendo fiel a la raza humana, pensó que si quedaban cosas por decir algún día tendría la oportunidad de hacerlo. Aunque no fuese así, de ninguna manera...
El susurró chocó en el techo de la estación, y se expandió por la superficie como si se tratara del vaho de un invierno devastador. Pequeñas gotitas de su ya de por sí pequeña voz quedaron suspendidas del cielo de metal que se extendía sobre ellos. 
Qué contrariedad, el día más triste de aquel año indigesto y no habrían podido mirar a las nubes.
No fue extraño, entonces, que cuando él abandonó la estación (cuando del tren que se la había llevado no quedaba ya ni el recuerdo de haber partido) algunas de esas gotitas cayeran sobre sus hombros. Corroían, como ácido, colándose entre las capas de su ropa, de su piel, de sus entrañas. Tanto que nunca más las gotas de aquellas palabras insuficientes lo dejarían.
No fue extraño, entonces, que el silencio de la garganta de ella encallara allí, como una barcaza de juguete en una bañera vacía. No fue extraño que anidara allí, que ella perdiera las palabras con el murmullo hipnótico del andar del tren y que nunca más volviera a encontrarlas.


No habían sido amantes, y muchísimo menos amigos, pero ambos sabían que sus vidas estaban en su punto álgido en esos minutos de pasos resonantes hacia la despedida. 
Porque podrían haber sido amantes. Oh, sí. Y podrían haber sido amigos. 
Pero ella cargó su bolso con cuidado, susurrando una despedida al tiempo que se subía al tren y él marchó pensando en cada una de las veces que no la había besado, en cada una de las veces que nunca la haría el amor.
Pensando sin más que tal vez algún día podría escuchar todo eso que ella no le había dicho aquella tarde de Febrero.

Aunque al final no fuera así.... De ninguna manera.


22.8.12


Cuando Zaratrustra tenía treinta años abandonó su patria y el lago de su patria y marchó a las montañas. Allí gozó de su espíritu y de su soledad y durante diez años no se cansó de hacerlo. Pero al fin su corazón se transformó,- y una mañana, levantándose con la aurora, se colocó delante del sol y le habló así:

" ¡Tú gran astro! ¡Qué sería de tu felicidad si no tuvieras a aquellos a quien iluminas!
Durante diez años has venido subiendo hasta mi caverna: sin mí, mi águila y mi serpiente te habrías hartado de tu luz y de este camino.
Pero nosotros te aguardábamos cada mañana, te liberábamos de tu sobreabundancia y te bendecíamos por ello.
¡Mira! Estoy haciendo de mi sabiduría como la abeja que ha recogido demasiada miel, tengo necesidad de manos que se extiendan.
Me gustaría regalar y repartir hasta que los sabios entre los hombres hayan vuelto a regocijarse con su locura, y los pobres, con su riqueza.
Para ello tengo que bajar a la profundidad: como haces tú al atardecer, cuando traspones el mar llevando luz incluso al submundo, ¡astro inmensamente rico!
Yo, lo mismo que tú, tengo que hundirme en mi ocaso, como dicen los hombres a quienes quiero bajar.
¡Bendíceme, pues, ojo tranquilo, capaz de mirar sin envidia incluso una felicidad demasiado grande!
¡Bendice la copa que quiere desbordarse para que de ella fluya el agua de oro llevando a todas partes el resplandor de tus delicias!
¡Mira! Esta copa quiere vaciarse de nuevo, y Zaratustra quiere volver a hacerse hombre."

Así comenzó el ocaso de Zaratustra.

S.

Al fin y al cabo "caos" puede ser una palabra muy descriptiva. Un caos por fuera, y sobretodo un caos por dentro. Oh, sí, sobretodo un caos por dentro.
La habitación es penumbrosa, tal vez. En cualquier caso nadie apartaría la mirada de su expresión casi rota para fijarse en la luz. Tres segundos para saber que las cosas no van bien. Que ya son demasiados finales de mes sin que vayan bien. Que ya son demasiadas noches de que vayan realmente mal.
El pelo desordenado, claro, aparte casi de la escena. Los ojos oscuros y entre los gestos que casi olvida sumida en su caos una de esas sonrisas que detienen el tiempo. De las que coleccionan alientos.
Pequeña chica grande, juguemos a no estar triste.
Gestos leves, pequeños. Apenas rodearse la muñeca del brazo izquierdo con la mano del derecho y apretar un poco. Lo justo, nada más. Nunca se sabe lo que se puede encontrar si buscas con demasiado ímpetu bajo la piel de la pequeña chica grande. Pero un poco basta, un poco sobra para saberlo.
Sí, ahí está.
Sístole.
Diástole.
Uno tras otro, una y otra vez.
Y no se van, aunque sea el día más triste del mes. No se van, aunque se haga un esbozo de proyecto de mujer protegida entre sábanas destronadas. 
Aunque se tropiecen las cicatrices entre sí ahí siguen.
Sístole.
Diástole. 
Uno tras otro, una y otra vez.
Porque no hay caos que alcance sus latidos de corazón viejo. 


Pequeña chica grande, sal del caos. Ven. Juguemos a no estar triste.



20.8.12

"Y es que aún falta un poco, aún hay que empeñecer un poco más. Es posible que resulte cansado y que quieras abandonar a medio camino pero es importante que permanezcas firme. Cuando llegue el momento, cuando te odies lo suficiente, lo sabrás."









7.8.12

Carta de suicidio de Virginia Woolf. Las Horas.

Amor mío:

Tengo la certeza de estar enloqueciendo otra vez. No podremos soportar otra de estas terribles crisis y sé que, esta vez, no me recuperaré. Empiezo a oír voces y no puedo concentrarme, por lo tanto voy a hacer lo mejor que puedo hacer.
Tú me has dado la mayor felicidad posible. Has sido todo lo que alguien puede ser para otro. Sé que estoy destrozando tu vida y que sin mi podrías trabajar... Y lo harás. Lo sé. Ni si quiera me espreso debidamente...
Lo que quiero decirte es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has tenido una paciencia infinita y has sido increíblemente bueno. En mí ya no queda nada salvo la certeza de tu bondad. No puedo seguir arruinando tu vida.
No creo que dos personas hayan sido más felices de lo que hemos sido nosotros.
Querido Leonard, mirar la vida a la cara. Siempre hay que mirarla a la cara y conocerla por lo que es. Así podrás conocerla, quererla por lo que es y luego guardarla dentro.
Leonard, guardaré los años que compartimos. Guardaré esos años. Siempre. Y el amor.Siempre. Y las horas.

Virginia. 






31.7.12


Hay siempre mar de fondo en el amor.
Hay siempre lunas muertas, estrellas despuntadas,
sombras de muertos ángeles.
Hay siempre nubes negras y el cadáver de un cisne.

Hay un viento que arrastra los jirones de niebla
y una mano enemiga que desgarra la niebla.
Hay siempre mar de fondo,
siempre esconde el amor su aurora oscura.





Benítez Reyes

24.7.12

.

Lo odio. 
Me hace sentir pequeña, e indefensa. Una niña que no sabe jugar a la vida y que va por ahí tropezando sin nadie a quien mirar.
Lo odio porque me duele. Me rasga por dentro y por mucho que no intente pensar en ello sigue siendo ese zumbido, esa mota de polvo en el fondo de la imagen, ese instrumento desafinado que se me cuela entre el sonido del mundo.
Lo odio porque no lo comprendo. Y porque lo entiendo. Lo entiendo tan bien que sé cuándo empieza y cuándo acaba. Sé las palabras mágicas que hay que evitar, sé bien los gestos que hay que guardar en el bolsillo del pantalón. Pero no llego a comprenderlo. Jamás podría sucederme algo así. Jamás... 
Esa empatía natural de la que me jacto cuando la ocasión se presta para ello choca de lleno con un muro de cristal demasiado frío hasta para mí. Y me deja sentada, sin llegar a comprender nunca como volver atrás.
Lo odio porque es innecesario. Porque me derrumba. Porque me devuelve a aquellos días, aquellos días de mierda y cuchara. 
Lo odio porque no sé ya en qué piedra tropezar para que me guíe el resto de tropiezos de regreso a casa.

21.7.12

"Espera un momento, ...

... quiero contarte que me calmas. Antes de que hables, es necesario decírtelo para que entiendas por que te busco y te miro así. Me das paz, tranquilidad. Me subo al coche y esa media sonrisa adormilada que ofreces a todas horas me hace sentir como en casa. Te pones las gafas de sol violetas y las detesto con todas mis fuerzas, pero ese gesto de echarte el pelo hacia atrás probablemente me roba el aliento. Pero sobretodo es tu voz. Ese tono pausado, calmado y a mil años luz de mí que hace balancearme sobre las puntillas con una sonrisa colgada de los labios. Tu voz, sin duda. Es que me calmas. Me calmas, me calmas tanto... Es como si supiera que hay demasiado detrás de tu tono de voz tenue como para pensar en lo que hay tras mis silencios. Porque también me intrigas, sí. Y tenía que decírtelo. Debía decírtelo. Y ahora arranca de una vez el coche y falla intentando poner la música que me gusta, pero no me digas nada. Déjame hablar a mí. Déjame contarte que eres mi paz... Y luego ya hagamos como si no nos miráramos a media luz"

12.7.12

Nietzsche sobre Heráclito.

"¿Existe culpa, injusticia, contradicción y dolor en este mundo? ¡Sí!, exclama Heráclito, pero sólo para el hombre de inteligencia limitada que ve únicamente lo separado, y no la unidad; y no para el dios. Para éste, todas las cosas y sus contrastes, los contrarios, no conforman más que una totalidad armónica, invisible para el ojo del hombre común pero comprensible para quien, como Heráclito, es semejante al dios contemplativo. Ante su ardiente mirada no queda ni una gota de injusticia en el mundo que se expande a su alrededor; incluso Heráclito superará aquella dificultad cardinal (¿cómo es posible que el fuego puro pueda adoptar formas tan impuras?) mediante una metáfora sublime. Un regenerarse y un perecer, un construir y destruir justificación moral alguna, sumidos en eterna e intacta inocencia, sólo caben en este mundo en el juego del artista y del niño. Y así, del mismo modo que juega el artista y juega el niño, lo hace el fuego, siempre vivo y eterno; también él construye y destruya inocentemente; y ese juego lo juega el eón "consigo mismo". Metamorfoseándose en agua y en tierra, lo mismo que un niño construye castillos de arena junto al mar, un fuego eterno construye y destruye y de época en época el juego comienza de nuevo. Un instante de saciedad; luego, otra vez le acomete la necesidad tal y como al artista le oprime y le obliga el deseo de crear. No es el ánimo criminal suscitado por la saciedad sino el animo incesante de jugar el que da vida nuevamente a los mundos. El niño se cansa de su jueguete y lo arroja de su lado o de inmediato lo toma de nuevo y vuelve a jugar con él, según le dicta su libre capricho. Mas en cuanto construye, no lo hace a ciegas, sino que ensamba, adapta  edifica conforme a leyes, siguiendo un patrón, y conforme a un orden intimo. "


Friedrich Nietzsche: La filosofía en la época trágica de los griegos. 











27.6.12

De silencios.







Nunca he hablado de esto con nadie. No puedo. No sé. ¿De qué serviría? Nadie va a arreglarlo. Nadie puede recomponer vidas. Nadie... Ni si quiera contigo. Sobretodo contigo. 


Nunca he hablado de esto con nadie, pero eso no quiere decir que se haya marchado. No. Ni un sólo segundo se ha ido. Sigue aquí clavado desde el día en que desperté. Y sé que la manera en la que el mundo cayó sobre mí me ha roto. Tengo veinte años y ya me he acostumbrado a vivir rota. Jamás podré ser una chica normal con rarezas. Lo sé de buena tinta.


Mi mente, que a veces piensa más en mí que yo misma, suele evitar el tema. Sale por otros derroteros.Imagina haber vivido en un mundo en el que nada de eso fuese la realidad y llega a creérselo.
Pero esta noche es muy cruda y no puedo olvidar todas mis pequeñas muertes puestas una tras otra.


Nunca he habado de esto con nadie.
Y probablemente el día que lo haga me hunda, sin retorno.
Esta vez ni tú podrás revivirme.











20.6.12

Trastabillemos

Antes de que nos diéramos cuenta sucedió. Mientras buscábamos escusas para mirarnos a los ojos. Mientras tratábamos de apartar el amor a pequeños soplidos para que no desbordara en el pecho aquella noche de caricias necesarias.
Sucedió.
Se acababa el verano, y me encontré respirándote sólo a ti.

12.6.12

Máxima forma de dolor.



- Me enfermas.


(Se hunden las costillas, se desvanece la mirada. La lengua queda mustia y los dedos tamborilean con su propia sangre. Duermen las noches turbias de morir en pesadillas. Tropiezan los dientes con la carne y se mezclan. Se desgarran las ánimas).



6.6.12

Imborrable.

Eme,


Podría mirarte durante un tiempo infinito. Recorrerte con los ojos hasta que tú, y todo lo que representas, se quede gravado a fuego en mis pupilas, imborrable. Hasta que entre muy dentro de mí y engrandezca aún más el hueco que te has hecho en mi cabeza y del que posees tú la única llave. Imborrable tú y tu mirada de miel. Imborrable sí, como el delicioso descender de tu vientre y el andar despreocupado de todo las curvas desdibujadas que envuelven tu cuerpo. Imborrable casi como la línea desde tu hombro a tu clavícula, la forma de tus pechos en tu caja torácica o el peligro implícito en la calidez de tus labios. Imborrable toda tú, mi compañera, idea de belleza en el mundo inteligible.


Por ahora, sin embargo, me limitaré a mirarte en esta mañana de finales de mayo. Haré recuentos de los lunares que surcan tu espalda a base de besarlos uno a uno. Dejaré de mensaje en tu piel uno de los abrazos que llevo guardando toda mi vida para tu cuerpo desnudo. 


Eme,


Podría entregarte todos mis días, si tú me lo pidieras. Casi agradecida te los metería en un frasco pequeño cubierto de papel de celofán color chocolate. Y así observar como se desvanece nuestra caduca juventud e ir memorizando las arrugas que se formen para escribir en braille en tu cuerpo cómo pasa el tiempo y cómo cambiamos. Cómo a pesar de todo sigues aquí. Conmigo. Te los daría, sí. Y sé que no perdería mi dicha mientras decidieses guardarlos cerca de ti. Te entregaría todos mis días con la única condición de que desees llevarlos siempre contigo. 


Pero no voy a hacerlo. No voy a darte todos mis días, porque sé que es una cuenta demasiado grande como para quedarse entre todos los pensamientos que vienen y van en la estación de tu cabeza, siguiendo la marcha por los raíles. Porque el concepto de perenne cayó hace mucho de nuestra existencia.


Así que sólo voy a darte todos estos días. Nada menos. Nada más. Te daré los mejores años de mi vida, sin dudar un sólo instante. Pero no por ti, pero no para que decoren tu existencia. Te daré los mejores años de mi vida sólo para poder decir después (a la llegada inminente de la supervivencia a través de los recuerdos) que no puedo hacer nada con ellos porque son tuyos. Te pertenecen por derecho. Y aunque cambies y al nacer cada mañana encuentre en mi cama a una criatura diferente, jugaré a buscarte entre cada una de tus reencarnaciones. Al alba, ni un minuto más tarde. Para abrazarte con fuerza y poder susurrarme que eres mía. 


Las dos sabemos que para encontrarte de entre toda tú sólo tengo que existir.






Pe.

2.5.12

Y era yo.

Mi chica es una de esas personas, que no se sabe el sabor de yogur de frutas favorito de su pareja, sí.


Pero también es de esas personas que, para compensarlo, compra yogures de macedonia.


Y yo, a veces tonta y a veces perdida, soy una de esas personas (de las cientos que va dejando a su paso) que se enamora de cada una de las cosas que hace. 


(Sin embargo, por algún motivo, ha comprado los yogures para mí...)





[...]

Y nunca te equivocaste, 

más que una vez, una noche        
que te encaprichó una sombra 
-la única que te ha gustado-. 
Una sombra parecía.        
Y la quisiste abrazar. 
Y era yo.

P. Salinas



25.4.12

Crecer.

¿Alguna vez has sentido que más allá de los límites de tu piel también existes por pura necesidad de abarcar todo lo que hay dentro de ti? 


Porque, sobre todas las cosas, amarla (qué palabra tan sencilla ahora a los veinte y qué gigante parecía cuando nos mirábamos de reojo a los quince) es expandirse. 

24.4.12

(Ella&) Ella (&Él)

Ya es de noche cuando llega a casa. Abre la puerta y da un tropezón con el paragüero soltando una risilla despreocupada. En un día normal nada podría alcanzarle. Tiene los ojos rojos e hinchados de haberse fumado un disgusto muy grande, pero no pierde su encanto de bohemio parisino. No hay contexto que le arranque la mirada de soñador de las retinas.
Yo sigo acurrucada en el sofá desde las siete, con la manta azul que robamos del avión cuando fuimos a Londres. Son más de las doce, pero me da igual. No tengo fuerzas para errar hasta la cama. Lo miro, ahí, siendo la criatura más bella del universo.
Levanta la cabeza de sus pies y me mira, con una sonrisa de tener más de quinientos años.

- Ahí está la chica guapa del baile – susurra con su voz gravísima, moviéndose con galantería hasta el sofá – La de los ojos brillantes y la sonrisa perfecta. La chica que todos desean, que todas envidian. La del vestido más caro y la frase correcta siempre en los labios.

Se deja caer a mi lado, de golpe. Una de sus manos sigue en su bolsillo, pero la otra se estira, como si pudiera saber que terminaré en su hombro.

Aquí está la chica más guapa del baile, la que todos quieren besar – continúa, con los ojos cerrados y la cabeza hacia atrás – Y parece triste. ¿Qué le ha pasado, quién le habrá roto el corazón?

Sigo callada. Él sabe con exactitud que he estado con ella casi tanto como que nunca fui la chica más guapa de la fiesta.
Deslizo mi mano fuera de la manta para agarrar la suya, con fuerza.
Él abre los ojos, más verdes que nunca. Me mira. Deseo que estén llenos de reproche pero sólo hay restos de tristeza y marihuana. Y un amor tan profundo que da miedo tirar de él. Porque te absorbe. Porque, si yo quisiera, me absorbería.
Me acerco y toco con mi mano el nacimiento de sus labios, que se enreda en una mueca ladeada de quién ha perdido la otra media sonrisa en una batalla a matar. Recorro sus mejillas blanquecinas y asciendo hasta su pelo corto y rizado. Rebelde.

Eres precioso – susurro despacito admirando su rostro, que se ensombrece.

Se inclina y me besa, casi por inercia. Sin pasión, como quién intenta tapar una herida demasiado grande con el meñique. Me besa porque él realmente lo necesita. Yo pienso que es la primera vez hoy, que tiene los labios calientes y que no debería pensar mientras me besa. Pero no me separo. Lo hace él. Y me mira a los ojos taladrándome.

- Has estado con ella hoy – dice con tono neutro. No es una pregunta. Es una afirmación insultantemente dolorosa, insultantemente cierta. Su voz va endureciendo con cada frase. - Has estado con esa mujer, pero algo no ha ido bien. Esa mujer, que ha hecho llorar a lo que más me importa. Otra vez. Esa mujer, a la que debo respetar porque aunque no te des cuenta realmente tu felicidad depende, en gran parte, de ella.. Esa mujer, a la que pareces desear cada vez que aparto mi mirada de ti.

Me quedo muda: una estatua pequeñita a la que han sorprendido en un gesto de tristeza justo antes de desaparecer. En cualquier caso no desaparezco, aunque sólo sea por no dejar sólos unos ojos verdes tan y tan bonitos.
Él se levanta del sofá. Se mira los zapatos con el ceño fruncido, como si fuera a derrumbarse de un momento a otro.

- No sé que es más triste – susurra, con los puños apretados – Si que todavía huelas a sexo o saber que estés aquí conmigo pensando en cuándo volverás a verla.

Se marcha, a pasos suaves. Pero aún se escucha su voz antes de que se cierre la puerta de la habitación con un sonido sordo.

- Trae la manta cuando vengas a la cama.

Y yo me borro de la faz de la tierra desde el sofá. 

20.3.12

Retales.

Cuando tú estás lejos yo desaparezco.
Me borro de las fotos, me desvanezco con la brisa. 
Mi voz ya no suena y no hay nada que pueda hacer porque no soy nadie. 
No hay tacto ni olor. Ni si quiera mi sonrisa vale de nada.
Un cero muy pequeño y nunca a la derecha. 




Si tú te alejas yo desaparezco y a quién le importa.

15.3.12

Hacerlo mal.

- Dímelo. - susurra ella con voz queda, rota de cien mil reencarnaciones en erizos solitarios - Dímelo de una vez.
El universo resulta tan pesado que mantener los ojos abiertos se convierte en una tarea titánica. Él la mira a los ojos, como intentando anclarse con amarras inocuas.
- No puedo - dice finalmente, bajando la mirada hasta el infierno que se extendía más allá del final de la conversación.
Y ella, impasible en sus ojos oscuros se quebró un poco más, endureciéndose de puras mellas. Su mirada atraviesa el chico que no se echa a temblar por puro miedo.
- En ese caso lo diré yo - vuelve a susurrar , y con el último halo de su voz en muchos años lo sentencia - Hemos terminado.
Entonces, tal como había venido siete años antes en aquel baile de máscaras (siete años más bella tal vez) da media vuelta y se va.
Para nunca.

27.2.12

(Ella&Ella&)Él

Antes de que pueda saber de dónde ha venido el silencio ya lo ha cubierto todo. 
Estamos a mil años luz, separados sólo por esa mirada tuya que me atraviesa y puede ver a través de mí, por la simple insignificancia que supone mi existencia.
Frente a la suya. La suya...
Porque amarte, era estar sólo. Siempre sólo.




7.2.12

Viviéndote.



Suena la alarma. Abro los ojos y ahí estás, apenas a unos centímetros de mí. Maldita sea... Alargo la mano, atrapo el móvil y me encandilan las 7.56 en la pantalla. Me pregunto si habré dormido más de cuatro horas. Cierro los ojos, tu olor está tan cerca y la cama tan cálida... Cuando acabo de pestañear de pronto son las 8.12 y te siento ahí aún, tu belleza casi duele. Me estiro y disfruto del ritmo de tu respiración pausada. Quiero cerrar los ojos otra vez...
Suelto un puñado de maldiciones y salgo de la cama como un resorte, como siempre. No puedo evitar pensar que si no me levanto de golpe nada en el universo impedirá que me abrace a ti y no me mueva jamás. Busco mi ropa por el suelo de tu habitación mientras me recorre el primer escalofrío del día recordando cómo la perdí hace apenas unas horas. No puedo hacer otra cosa, sonrío de medio lado(ya sabes, cariño, esa sonrisa mía de medio lado de pensar en tu desnudez).
Antes de ir al baño me paro en la puerta. Tú ya te has dado la vuelta y, como por inercia, ocupado la totalidad de la cama hecha un ovillo. Tu voz aún dormida me pide que te abrigue (¡quiero pensar que hace frío en la cama sin mí!) y me derrito, dejando un rastro de caracol adormecido por el pasillo.
En el espejo del baño la realidad me despierta lentamente. El espejo dice que mi cara es un completo desastre y mi pelo, como es natural, no tiene ninguna clase de sentido lógico perteneciente a este universo. Me examino, despacio, de nuevo desnuda. Hay marcas del caminar de tus labios aquí y allí, como marcando un mapa en mi cuerpo. Las acaricio, con las puntas de mis dedos, y mi piel, que tiene memoria propia, sabe que en cierto modo ahí estás tú. Segundo escalofrío del día y sigo a doce pasos de ti. Termino en el espejo, me visto, me lavo la cara y ya estoy despierta del todo. Maldita sea... 
Vuelvo a tu habitación. La claridad de la mañana se cuela por los resquicios de tu ventana, y por la puerta, pero la atmósfera sigue siendo mágica. Huele a ti, a mí, a amor, a sexo. Huele a vida, en la más plena extensión que la palabrita de cuatro letras ha podido poseer jamás. Mientras recojo mis cosas, dividida entre la ternura y el fastidio de tenerme que ir, casi siento el calor que hay bajo tus sábanas (mi lugar en el mundo).  
Me acerco a ti despacito, acariciándote por encima de esa manta tan grande que me gusta tan poco para infundirte algo del calor que me falta ahora que no nos mezclamos. Me inclino y te beso, una, dos, tres, cuatro veces en la sien y, una vez que te giras con tus labios fruncidos de tener mucho sueño, también en los labios. Me despido con voz suave y me pregunto si te das cuenta de que gran parte de mi amor, hecho sonido, se me escapa de entre los labios. Eres tan bonita... 
Me deseas un buen día y tu te quiero va desde tu boca hasta muy dentro de mí antes de cerrar la puerta de la habitación. Me apoyo en ella, y de pronto en mi cabeza se mezclan imágenes de anoche. Dulces, intensas, suaves. 
Tu cuerpo y mi cuerpo, que se entrelazan de todas las maneras que podrían hacerlo. Tus manos, tus labios y tu lengua. Tus dientes, mi piel que se expande y tiembla con tu contacto. Tu voz en mis labios y la mía en tu oreja, distraída. Susurros, risas, confesiones y gemidos. Amor y vida, claro, en la más plena extensión que la palabrita de cuatro letras ha podido poseer jamás. Tercer escalofrío del día. 
Cierro la puerta de tu casa con firmeza, para que nada ni nadie pueda entrar a robarte el sueño en mi lugar en el mundo (bajo tus sábanas).



8.1.12

Las palabras escondidas.

Tienes que saber que mi cielo hoy estaba precioso. Lleno de nubarrones que parecían pintados por Van Gogh a trazos dulces. Entre todos ellos (como cobijada) lucía la Luna. No como crees que me gusta, sino como me gusta en realidad. Redondísima y muy, muy blanca. Nada de amarillos ni de sonrisas menguantes. No hoy. 
Mi cielo se componía por miles de ovejas negras gigantes abrazadas. Tejiendo una red de algodón entre la cual se colgaba esa Luna que a base de ser tu preferida crees que me disgusta.
Quiero aparecerme a tu lado. Ahora mismo. Para describirte el cielo tal y como lo veía mi mirada de pensar en ti de reojo. 
Porque realmente estaba precioso mi cielo hoy y yo del tuyo no sé nada. 








Mi chica tiene la sonrisa radiante. Cuando (su sonrisa) recuerda lo enamorada que está de mí parece querer salir de su cara a besarme. Tiene lunares en ambos hombros. Se llevan muy bien con mi cabeza de querer reposar en su respirar suave. Su voz es un bálsamo. Sube y baja en ondas siempre cargadas de actividad. Sólo mengua despacito cuando me llama vida. Me llama vida, sí. Para calmarme. Para llenarme por dentro cuando me vacío en algún descuido.